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Cuento tradicional japonés: Issunboshi


Para los que aún llevamos un niño dentro, hoy les compartimos una historia infantil para la hora de dormir, algo así como el “Pulgarcito” japonés, que nos demuestra que no hay impedimento para lograr cosas grandes en esta vida.

Hace mucho tiempo vivían en un lejano lugar un viejecito y una viejecita. Nunca habían podido tener hijos y por eso se sentían muy tristes, por lo que un día decidieron pedirle a los dioses que les concedieran un niño.

“Aunque no sea más grande que un dedo estaríamos contentos”, decían.

Los dioses accedieron a cumplir su deseo y concedieron a los dos ancianos un bebé tan alto como un dedo. El viejecito y la viejecita se pusieron muy contentos de tener por fin un niño, después de haber esperado tanto tiempo. Como era un niño muy chiquitito y pequeño, le llamaron “Issunboshi”, que quiere decir “pequeñito”, y le cuidaron con mucho cariño.

Pasaron los años, pero Issunboshi no crecía. A los tres años de edad, a los cinco, a los diez, siempre tenía la misma talla que el día en que nació, es decir, la talla de un dedo. Sus padres se preocupaban mucho por esto, le hinchaban de comida e hicieron todo lo posible para que creciera, pero sin que nada diera resultado. El niño no crecía ni un milímetro. Era tan pequeño, que no podía ayudar a la viejecita en la casa, y al salir al campo con el anciano, Issunboshitampoco podía apenas ayudarle y no podía llevar más que una brizna de hierba. El niño cantaba y bailaba muy bien, pero no podía ayudar a sus padres y esto le hacía sentirse muy decepcionado. Además, los demás niños del pueblo se burlaban de él, llamándole “enanito”.

Todo esto le hizo sentirse muy triste, así que Issunboshi decidió ir a la capital para buscar un empleo. Sus padres se apenaron mucho, pero le dieron un cuenco de sopa, un palillo de comer y una aguja, y le dejaron marchar, deseándole buena suerte. Issunboshi se puso el cuenco como gorro, la aguja se la prendió en la cintura a modo de espada, y utilizando el palillo como bastón para caminar, emprendió su camino.

La capital quedaba muy lejos, y por mucho que caminaba, Issunboshi no sabía cómo llegar hasta ella. A mitad del camino se encontró con una hormiga, a la que preguntó cómo de lejos estaba aún la ciudad. La hormiga le contestó:

“Camina por entre los dientes de león, cruza el campo de girasoles y sigue hasta el río”.

Issunboshi le dio las gracias a la hormiga y caminó por entre los dientes de león, cruzó el campo de girasoles, y llegó hasta el río. Allí se embarcó, utilizando el cuenco como barca y el palillo como remo. Tras navegar por el río durante largo rato, llegó hasta un puente grande sobre el cual había mucha gente. Al ver esta multitud, Issunboshi pensó que había llegado a la capital, así que se bajó de su improvisada barca.

La capital era muy grande y estaba llena de gente. Todo el mundo allí iba con prisas y parecía estar muy ocupado. Para el diminuto Issunboshi, era un sitio peligroso, ya que en cualquier momento alguien podía pisarle sin darse cuenta. El muchachito pensó que debía andar con mucho cuidado y que lo mejor era evitar las calles más transitadas y caminar por los rincones más tranquilos de la ciudad. Mientras paseaba, dio con una casa grande, en la cual residía un rico y poderoso señor.

Issunboshi llamó a la puerta:

“¿Hay alguien, por favor?”

Un hombre se asomó, pero no vio al pequeño Issunboshi y creyó que no había nadie, por lo que volvió a entrar en la casa.

“Qué raro, creí que había llamado alguien, pero no hay nadie”

Issunboshi llamó de nuevo, y cuando el hombre volvió a asomarse, le gritó:

“¡Estoy aquí, junto a las sandalias!”

El hombre miró al suelo, hacia las sandalias, y por fin vio a Issunboshi. Se quedó muy sorprendido, porque jamás antes había visto a alguien tan pequeño. El hombre se agachó, recogió a Issunboshi y le puso sobre la palma de la mano, mirándole con gran interés. Al final le llevó a los aposentos de la princesa. Allí, Issunboshi cantó y bailó como sabía, con tanta gracia y talento que despertó la admiración de todos. En particular, a la princesa le cayó tan bien aquel extraño muchacho no mayor que un dedo, que decidió mantenerle siempre con ella.

Issunboshi vivió largo tiempo en la gran casa del señor, como sirviente de la princesa. Se encargaba, entre muchas otras tareas, de pasarle las páginas cuando ella leía, y de prepararle la tinta para que ella pudiera practicar la caligrafía. Al mismo tiempo, empleaba sus ratos libres en practicar la esgrima usando su aguja como espada. Issunboshi siempre permanecía al lado de la princesa y ella nunca se olvidaba de llevarle consigo durante sus paseos.

Cierto día, la princesa salió de casa con Issunboshi para visitar el templo Kiyomizu. En el camino de regreso, un “oni” la atacó y trató de secuestrarla. Issunboshi intervino, exclamando en voz alta:

“¡Déjala en paz, ogro! Yo, Issunboshi, estoy aquí, y no permitiré que le hagas nada a la princesa. ¡Defiéndete, malvado!”

El ogro se burló al ver al pequeñito Issunboshi plantándole cara:

“¡No me digas! ¿Qué me vas a hacer tú, enanito? ¿Vas a morderme en el tobillo?”

Y tras decir esto, el ogro atrapó a Issunboshi entre sus enormes manazas… ¡y se lo tragó!

Pero Issunboshi era muy valiente. Al llegar al estómago del ogro, le clavó su aguja una y otra vez, y siguió clavándosela con todas sus fuerzas mientras trepaba por su garganta. El ogro se retorcía de dolor y daba grandes gritos. Issunboshi no paró de pincharle hasta que al final logró saltar al exterior por la nariz del ogro, que huyó corriendo.

En su huida, el ogro había dejado caer un extraño objeto, que la princesa se apresuró a recoger.

“Esto es un martillo mágico”, le explicó la princesa a Issunboshi, “con solamente sacudirlo se te concederá cualquier deseo que tengas. En agradecimiento por haberme salvado te voy a conceder un deseo con él, pídeme lo que quieras.”

Y el pequeñito Issunboshi, no mayor que un dedo, contestó inmediatamente:

“Mi deseo es ser grande”.

La princesa sacudió el martillo mágico diciendo:

“Grande, grande, que el pequeñito Issunboshi se haga más grande”.

Y acto seguido Issunboshi empezó a crecer y a crecer, y al cabo de poco tiempo, ya no era un diminuto muchacho del tamaño de un dedo el que estaba enfrente de la princesa, sino un joven alto y apuesto.

Al volver a casa, la princesa le explicó a su padre, el gran señor, lo sucedido, el encuentro con el malvado ogro, la intervención de Issunboshi y su mágica transformación. El señor, agradecido, concedió a Issunboshi la mano de su hija y le dio permiso para que trajera a vivir con ellos a sus ancianos padres. El anciano y la anciana se trasladaron a la capital y todos juntos vivieron felices.

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